Entre Relatos
Un no sé qué
Sudaba calima esta primavera que agoniza ante el umbral mismo de una estación nueva que, - como todo lo nuevo-, apoya con fuerza los talones para que suene rotunda la nota de su brío, y sudaba bochorno la sombrilla que no refrescaba ni el maltratado mármol de la mesa de aquella terraza, abierta y libre, en el exterior, aunque sin aire.
Sudaba el camarero que, con la luz del mediodía apretada entre los ojos, nos interrogó sin soltarse de la barandilla de una sonrisa amable para no acabar fundido con el hierro de los posabrazos de las sillas en las que nuestra piel se rozó, apenas.
Sudaban pereza los pies cotidianos de cuantos pasaron demasiado cerca para buscar el saludo habitual en aquellos, nuestros rostros, -que eran los mismos y a la vez otros- , con ese interés morboso con que ciertos e inocultables indicios incitan a escudriñar el alma ajena, sin que le concediéramos la oportunidad de otras veces, sencillamente porque sólo estábamos el uno para el otro, y nada y nadie más.
Poco antes, cuando llegaste, de mi piel de diario, la magia de tu emblemática risa evaporó el sudor que hasta ese momento la recorría. Fue todo tan rápido, me acercaste tan de improviso esa presencia tuya que el mismo no se qué de otras veces, una vez más, a punto estuvo de darle forma de silencio a mis labios, de dejar enjaulado este amor en desuso con el que dejo que me atrapes.
Pero, de camino hacia la terraza, a tu lado, sin más universo ni horizonte que el desenfado de tu alegría y el derroche de tus palabras relatándome aconteceres banales, pude asirme al valor para ir encontrando, a través de algún velado reproche o de alguna respuesta sin matices, el prólogo para pronunciar, al fin, la palabra que no quería, esa mentira que he evitado decir, de verdad, con todas mis fuerzas. Tenía que hacerlo, lo sabías.
Irrazonables los dos, como siempre, con la emoción tratando de esconderse en la desmesura de mis gesticulantes manos y debajo del temblor que azotaba sin piedad las esquinas de tu boca, paladeando ese sabor a instantáneo y a efímero, tan intenso como nuestro, pedimos un extemporáneo café que se agitó en mi mirada, mientras que en la tuya hirvió un té a deshora en el que, lentamente, dejaste caer esa tristeza tuya que sólo yo conozco.
Adiós, te dije. No aceptaste mi despedida, pero me fui.
Tú, con la cabeza inclinada sobre el té, lloraste.
Yo, mientras te daba la espalda y me alejaba de ti, tal vez para siempre, volví a sentir ese no se qué, el mismo que siento ahora y para el que no encuentro letra alguna que pueda describirlo.
Victoria Osuna.
En medio del mar (Desde algún lugar de África)
Una fuerza insuperable le mantiene apretados los párpados mientras trota descompasado el corazón por sus entrañas.
Le atenaza el frío los sentidos sacudiendo su cuerpo en un temblor irreversible.
Piel con piel, estrecha sus manos con otras manos, en el instintivo gesto de apaciguar al desamparo. Y, en medio de la zozobra, separando apenas los labios, va musitando una canción con la que intenta alentar el descarnado ánimo de los que comparten su rumbo temerario, pero se quiebra el pentagrama en su garganta con un sonido inmenso, triste.
La barcaza se ondula gravemente, como una serpiente de mar, y la enervada sal del océano sella todos los rostros en una máscara única de miedo.
La madera, que cruje intensamente tras cada golpe de ola, solloza sin pudor, pretendiendo hamacarse, en vano, en el agua que no cesa de bramar.
El cielo, como un charco de luz, se mueve a un lado y a otro, siguiendo atónito la orientación de su destino desatinado.
A babor y estribor, la estela oscura de la noche no cesa de rizarse sobre la espuma, mientras ella, con los ojos cerrados, se aferra a la proa del sueño imperioso que le abulta el vientre, -la única certeza que pudo rescatarla de la mujer que agonizaba dentro de sí misma-, y ladea la cabeza, procurando esquivar al recio viento de popa, que le zarandea la memoria, acercándola, implacable, al rellano lúgubre de la que fue su vida hasta hace unas horas escasas.
Y por las junturas del pánico se le van colando, con un desconocido apremio, algunos recuerdos imborrables: el sol turbio y encendido que se retorció para siempre sobre su piel de infancia truncada, y la desvaída sonrisa de su madre, iniciándola, con amargura, a sobrellevar el desconsuelo de su sino. Por el paisaje árido de su tierra caliente caminan los pies descalzos y hambrientos de la mujer que nunca fue niña, que creció entre sofocados asombros, sujetando el trote de los tormentos que le agitaron la inocencia, soñando un sueño que la rescatara de su realidad miserable.
Silba agudo el mar entre sus rizos, y sobre su cuerpo que, encajado entre los otros cuerpos, se adormece en un inevitable letargo que la arrastra hasta la orilla de sus quimeras, soñando el sueño de su niño de cristal y agua, oscuro y tierno, hijo y libre.
Retumba brava la ola que estalla su fuerza contra la barca que, pintada de espuma y sostenida apenas entre las crestas del agua, acaba volcando, llevándose entre su espiral de madera y silencios, cuantas esperanzas creara en su viaje loco hacia la vida.
Acalla la noche los gritos que el terror arranca de las gargantas en las que se disuelve la sal definitiva del último trayecto.
Reza ella y lo hace imaginándose que la acompaña su madre, como cuando era pobre, y niña, y sólo en la plegaria encontraran el consuelo único para su mísera existencia.
Reza, y chapotea, solloza de miedo y se acaricia el vientre y, entre los nubarrones espesos de la mar agitada, de vez en cuando se deja ver la luna, que llora también.
Victoria Osuna
De aquella manera
Contempla, absorto, el alisado paisaje de ahora mientras evoca aquel otro, oscilante, en el que se le ondulaban los días de un tiempo quieto, huérfano de acontecimientos, cuando, incapaz de encauzar hacia lugar alguno su suerte, guiaba autobuses que deshacían trayectos en un monótono ir y venir de horas contadas a minutos. Sólo a orillas de su sonrisa, por cuanto duró, se reconoce inesperadamente feliz. Y, aunque le arrebatara (demasiado pronto y sin contemplaciones) la alegría cotidiana de verla, sigue agradeciéndole al misterio de las casualidades que la hubiese apostado, como un regalo insólito, en aquella estación del recorrido de su existencia insulsa que, desde entonces, cambió para siempre.
El recuerdo acostumbra a devolverle su imagen contenida en el espejo retrovisor, como una foto enmarcada en cristal, y aquella manera suya de mover las manos con las que, inútilmente, trataba de aquietarse el pelo, cuando el aire, intrépido, se colaba por las rendijas del viejo autobús en el que la llevaba de una parada a otra, de un destino a otro, tan distinta y distante del suyo. En algunas ocasiones, brevemente, llegaron a encontrarse sus miradas, pero el rubor le indujo a esquivarlas, porque prefirió pensar que eran fruto de un despiste del azar. Él parecía sonreír complacido detrás de su volante de conductor disciplinado, aunque, en realidad, se ahogaba en medio de la marejada que, desde rincones ignorados del alma, emergía con aquella inusitada fuerza que le envolvía entero en un temblor convulso.
De verdad que la amó. Desde la primera vez que pudo verla. Y para siempre. Porque así lo sintió, y porque así continúa sintiéndolo, de la manera aquella, con la misma intensidad, como la única y definitiva emoción que pudiera llegar a vivir, desde que la adolescencia trepara, febril, por su cuerpo, hasta ahora, que la ancianidad incipiente a la que se va alongando se atreve a reprocharle su falta de arrojo y esa aceptación sumisa del amargo deseo en el que dejó que se le diluyera la vida, desde la última vez que le perteneció la certeza de saberla próxima. Porque fue de repente: una mañana ya no estaba en la parada de costumbre, y no volvió a estarlo nunca. Y él, aturdido y triste, tomó, tal vez, la decisión más osada de su vida: a partir de entonces no se detuvo jamás en esa parada. Fue como un grito sin palabras con el que pretendió reclamarle alguna explicación por aquella ausencia cruel. Como si pudiera verle pasar de largo, desentendiéndose de otros que esperaban, como lo hizo ella, hasta que desapareció.
Después abandonó su vida en medio de la rutina de viajes absurdos hacia ninguna parte, entre las líneas que orientaban aquel asfalto que cubrió de inventadas esperanzas, aquella carretera en la que, ni un sólo día, dejó de venerar aquel secreto amor al que se negó a renunciar. Se cruzó de brazos ante el paso del tiempo, permitiéndole que se llevara todo, todo, menos la manera aquella de aquietarse el pelo con las manos, y su distraída mirada cuando se cruzaba con la suya, obligada tal vez por el extraño manejo del enigma de las coincidencias, que se la dejó en la parada aquella, tanto tiempo atrás, y para siempre.
Victoria Osuna